miércoles, 27 de abril de 2011

La Receta Mágica: Del diálogo “instructivo” a los diálogos reflexivos en la terapia.

Lic. Roxana Zevallos.


Hace 21 años empezamos a trabajar con profesionales – médicos, psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales – que se interesaban por el trabajo con las familias, en terapia.


Como habíamos aprendido, empezamos a “enseñar” a hacer terapia familiar en nuestra Institución, pionera en nuestro medio (Lima – Perú) en esta área. El método clásico: explicar la teoría y mostrar videos o sesiones en vivo con familias, donde lo saltante era ver y aprender viendo a un “experto” cómo se debía hacer la terapia con las familias.


Hace 15 años, conocimos al Dr. Tom Andersen quién nos mostró una forma diferente de pensar la terapia, tanto “hacerla” como “enseñarla”. Esta experiencia fue muy valiosa y decisiva para el cambio en el rumbo de lo que hemos seguido haciendo en los años siguientes.


Empezamos a pensar que el equipo humano con el que estábamos trabajando no podía vivir esta experiencia como “entes pasivos” o receptores de “verdades” o “realidades” por nosotros definidas como tales.


En un contexto como el nuestro, resultaba bastante sencillo, que las personas aceptaran las propuestas de los “expertos” como verdades absolutas y por lo tanto, sus propias ideas, reflexiones, sugerencias, no surgían, se inhibían y entonces sólo imperaba lo que el “experto” proponía o más bien “imponía”.


El año pasado estábamos trabajando con un grupo de 9 personas, la mayoría mujeres y psicólogas, con experiencias diversas, tanto de vida familiar y personal como profesional. Recibimos una familia compuesta por padre, madre, y dos hijos varones. Ella – a quién llamaremos Josefina – es profesora de educación primaria y él – Juan - realizaba un trabajo administrativo en un colegio. El hijo mayor – Lucas - de 21 años estaba estudiando en la Universidad y el menor – David - de 15 años, estaba en el colegio en tercero de secundaria. Este último había sido cambiado de colegio el año anterior (Ambos hermanos habían estudiado en el colegio en el que trabajaba el padre) porque los profesores opinaron que el necesitaba un colegio de atención más personalizada. Además fue diagnosticado con déficit de atención. Para cuando vinieron a vernos, habían pasado por varios profesionales de la salud mental y todos los miembros de la familia se mostraban cansados, desesperanzados, frustrados pero expectantes de escuchar la “receta mágica” La terapeuta en entrenamiento parecía – también – estar esperando la inspiración o en su defecto la dirección de la “supervisora” que le permitiera a ella, otorgarles a esta familia que sufría, lo que habían venido a buscar.


Sería difícil, en este momento, precisar cómo empezó o quién empezó a tomar un rumbo diferente en esta terapia. Lo cierto es que, todos y cada uno, de pronto estábamos haciendo algo distinto. Aquí es importante subrayar, que para ese momento, ya habíamos recibido a Tom Andersen en nuestra institución y habíamos compartido con él esa - su fascinante forma de interactuar - en la cual nos impactó la coherencia entre lo que decía y hacia. Estamos refiriéndonos, a cómo podía, siempre, ser respetuoso del otro. Nunca más clara aquella definición del amor de Maturana, H. (1986) que implica la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia.


El equipo, no daba recetas mágicas, sino que reflexionaba sobre los lados fuertes de esta familia, que pudimos descubrir entre todos, tenían muchos. Estas reflexiones posibilitaron que la familia empezara a hacer cosas que no había hecho antes. Primero, dejar de pensar en David como – déficit de atención – y dejar de tratarlo como si lo más importante fueran sus limitaciones.

Para escribir este ensayo, conversamos con el equipo que participó en la terapia de la familia que aquí presentamos, vale decir, hemos vuelto a reflexionar juntos sobre nuestras reflexiones. Pensamos como dice Andersen T. (1994) que las conversaciones son una fuente importante para el intercambio de descripciones y explicaciones, definiciones y significados diferentes. Con esta familia, estos intercambios posibilitaron ver bajo una nueva luz viejas descripciones y explicaciones que mantenían a la familia en un estado de parálisis.


Las conversaciones terapéuticas, que tuvieron lugar durante la terapia de esta familia, han supuesto una búsqueda y exploración a través del diálogo, un intercambio y cruces de ideas, en el que se desarrollaron nuevos significados que posibilitaron la resolución del problema por el que vinieron, vale decir, se dio un cambio o más bien, se desarrolló un nuevo significado a través del diálogo (Anderson H. & Goolishian, H. 1988). La terapia como acontecimiento lingüístico dio lugar a esa “conversación terapéutica” que hizo posible la disolución del problema – queja. Pensamos que el dejar de lado las “etiquetas” que en esta familia se constituyeron en lo inmodificable o como señalan Anderson & Goolishian (1988) el problema fijo e invariante, fue posible, para ellos y nosotros ir cambiando la definición del problema hasta llegar a aquella en la cual la solución devino viable.


Es así como la “etiqueta” desapareció y nos encontramos con situaciones en las cuáles los padres temían exigirle a David porque podría ser peor para su “problema / enfermedad”. Por otro lado en el colegio al que lo habían cambiado, era para chicos con serios déficits de aprendizaje donde David no tenía mayores exigencias académicas. Poco a poco, la familia volvió a hacer uso de sus recursos, a tomar acciones eficaces con resultados satisfactorios. David ya no tenía una etiqueta en la frente, pudo reclamar acerca de lo mal que se sentía en ese colegio, y los padres lo escucharon y lo cambiaron a otro donde David puede desarrollarse mejor y ellos ya no están paralizados, pueden actuar en su beneficio.


Algo que nos impactó en el equipo y todos coincidimos, fue el que en esta oportunidad pudimos co participar con el sistema terapéutico de manera tal que co creamos alternativas para mirar el problema desde otro ángulo y esto posibilitó que surgieran nuevas respuestas a un antiguo problema. Todos recordamos, como al final del tratamiento la familia quiso venir a saludar al equipo en su totalidad – pues durante el tratamiento habíamos ido entrando algunos de nosotros – y nos impactó lo agradecidos que se mostraron y nos pidieron saludarnos y agradecernos a cada uno. Lo que nos confirmó: Fue un trabajo de equipo¡


La terapeuta se expresó así: “Las intervenciones del equipo reflexivo, me ayudaron mucho, se dieron en momentos precisos, y a mí me daban un buen soporte porque siempre motivaban una reflexión importante de todos los miembros de la familia. Los miembros del equipo coincidieron en que se dio una importante conexión entre la familia y el equipo terapéutico, lo que se tradujo en un diálogo colaborativo que nos condujo a los cambios alcanzados por un camino distinto al que venían siguiendo. Como dice Sluzki, C. (1998) en este sistema terapéutico se construyó un “relato alternativo” admisible, las narrativas se transformaron y la historia que contenía el problema perdió su predominio (en este caso el rótulo o diagnóstico) y el problema se redefinió: De la imposibilidad de hacer algo que no se darle a David su medicación y acompañarlo a sus citas, a actuar diferente, ponerle límites a las conductas que les resultaban inadecuadas, tratarlo como alguien que es capaz y no como alguien limitado o impedido o deficitario. Es así que el problema admitió soluciones, ya no estamos ante el “loco” el problema se “disuelve” (Anderson & Goolishian, 1988).


Referencias:

Andersen, T. (1994) El Equipo Reflexivo. Diálogo sobre los Diálogos. Editorial Gedisa. España.
Anderson, H. & Goolishian, H. (1988) Human Systems as linguistic systems: Preliminary and evolving ideas about the implications for the clinical theory. Family Process, Vol 27, No. 4. 371-393.
Maturana, H (1986) El árbol del conocimiento. Editorial Universitaria. Chile.
Sluzki, C. (1998) Transformaciones: un esquema acerca de los cambios narrativas en la terapia. Sistemas Familiares, Año 14, No. 2. 11-24.